Odres viejo

“Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan” (Lucas 5:38).

Jesús enseñaba que las formas de nuestras costumbres cristianas deben cambiar. En la parábola del vestido y del odre, la cual se relata en este capítulo, el vestido y el odre son el ropaje exterior y el contenedor de nuestra fe, no su sustancia; el vestido y el odre representan las costumbres prácticas y tradiciones religiosas en que se empaqueta la sustancia de nuestra fe.

Jesús manifiesta aquí un hecho: ¡el vestido necesita remiendos y el viejo odre es viejo! Lo que sirvió antes ya no sirve más. Las épocas cambian, las culturas cambian y lo que servía hace veinte años puede no servir hoy pero lo que no cambia es el objeto de nuestra fe.

 

«La fe honrada por el tiempo» y «las costumbres de larga data» se fusionan haciéndose indistinguibles para la institucionalidad establecida. Cuando alguien aboga por otra forma de costumbre o práctica, se vuelve evidente que la seguridad de los viejos odres reside en la costumbre de larga data en lugar de la fe honrada por el tiempo.

 

El razonamiento que subyace a dicha resistencia es lógico: «yo me entregué a Cristo cantando ese himno» o «si esto sirvió para mí, ¿por qué no para mis hijos?» Tenemos que preguntar ¿cómo se relaciona esto con la fe?»

 

La generación mayor es la fuerza estabilizadora de nuestras iglesias. Son fieles maduros que representan la estabilidad financiera que necesita toda iglesia; también forman los directorios y comités que determinan el estilo del ministerio pero tienden a perpetuar costumbres de larga data que tienen significado para ellos.

 

Este problema es más sociológico que espiritual ¿Por qué tiene que luchar para retener a su juventud aquella buena iglesia que cree la Biblia y que realiza fielmente sus ministerios, cuando, por el contrario, poco más allá en la misma calle un ministerio contemporáneo arrienda un local y tiene cuatro veces más jóvenes en cosa de pocos meses? Porque el ministerio contemporáneo se relaciona a la juventud y a sus estilos de música, satisfaciendo así sus deseos de expresión y participación.

 

Si fracasamos en ofrecer nuevos odres, estaremos mal equipados para servir el «vino nuevo»: la próxima generación de creyentes.

El reto es muy grande. El imperativo es renovarnos constantemente.

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