Drogas

“Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1a Pedro 2:4).

Te contare una historia. Una historia real y muy familiar. Léela:

«Pastor, soy un perdedor», dijo un chico de enseñanza media a su pastor, explicando que quería ser estrella del fútbol de la selección de su escuela pero que lo acababan de echar del equipo; dijo que iba a tener que conformarse con participar en la banda de guerra de la escuela en lugar de estar bajo los reflectores como atleta. Claro, comparados con las estrellas del futbol, los que tocan el clarinete eran perdedores en su escuela.

El grupo actual más grande responde al rechazo como este alumno: cediendo a la presión del grupo. Siguen esforzándose por ganarse la aprobación, pero el inevitable rechazo de los demás les lleva a creer que, en realidad, son indignos de ser amados y aceptados.

El sistema dictamina que los mejores, los más fuertes, los mejor parecidos y los más talentosos son los que «triunfadores».

¿O no nos han enseñado los medios de comunicación que el tipo guapo, atlético, de evidentes valores, líder reconocido y exitoso es el triunfador (son aceptados)? Aquellos que no entran en esas categorías, que abarcan a la enorme mayoría, están «fuera»; así, sucumbimos al falso juicio que formula la sociedad sobre nuestro valor y dignidad resultando de ello que un gran segmento de la población mundial esté apestada sintiéndose indignos, inferiores y condenándose a sí mismos.

Esta persona puede tener problemas para relacionarse con Dios. Si culpa a Dios de su estado, le costará mucho confiar en Él. Dirá: «Tú me hiciste un “don nadie” un “común y corriente” una persona del montón en lugar de una estrella distinguida del deporte; si te confío otros aspectos de mi vida, ¿cómo sé que no me volverás a hacer un perdedor de nuevo?»

Ceder al sistema del falso juicio significa que esta persona sólo espera más y más rechazo. Se ha creído la mentira y llega hasta a rechazarse a sí mismo; en consecuencia, cuestionará o dudará de todo éxito o aceptación que le salga al camino, basándose en lo que ya cree de sí misma.

Dios no ha distribuido por igual los dones, los talentos, la inteligencia, pero sí se ha distribuido por igual a Sí mismo. Nuestro sentido de valor y dignidad viene de saber que somos hijos de Dios, «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él» (1 Juan 3: 1)

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