El pasado martes 19 de septiembre del año en curso, día del terremoto que nos sacudió, no solamente nos sacudió físicamente, sino que nos hizo reconocer nuestra pequeñez, y cuan vulnerables somos como seres humanos.

Ese martes, segundos después, comenzaron a llegar imágenes impresionantes que nos daban cuenta de los derrumbes de edificios, no solo en la CDMX, sino en dos estados más, Puebla y Morelos, aparte de los ya colapsados días atrás en Chiapas y Oaxaca.

Viendo las primeras imágenes de videos que comenzaban a circular por la red, hubo un común denominador en la voz de la gente, que en esos momentos vivía un temblor de esas dimensiones y era “Dios mío”, “Dios mío”, “Dios mío”.

 

Fue sencillamente aterrador.

¿Será acaso Dios, un Dios injusto e inmisericorde? Que ve la devastación y no se compadece de los hombres que en ese momento, lo único que por inercia o temor solo acatan a decir Dios mío, Dios mío.

¿Qué padre hay que por puro gusto, castigue a sus hijos y a toda su creación?

Necesitamos hacer conciencia de que esto nos ha sobrevenido, es a causa de nuestros pecados y transgresiones que hemos cometido, en contra de lo establecido por Dios.

 

Hemos sido. Sin duda alguna, una nación contumaz y rebelde y Dios había estado hablando a través de sus siervos los profetas desde hace mucho tiempo, que nos volviéramos de nuestros pecados, de idolatría, la adoración a la muerte, que ahora se ha convertido en un atractivo cultural y de la avaricia, además de la rebelión que se han convertido en una constante en nuestra forma de vida.

 

Situaciones como ésta, siempre me llevaran a meditar en todo aquello que Job vivió. Aquí en el libro de Job, cap. 1 y 2 podrán leerlo, Dios no fue el que hirió a Job, ni mato a sus hijos, fue Satanás con permiso de Dios, para demostrarle al destruidor, que la integridad y el amor de Job para con Dios era firme.

Que la FE de Job en SU creador era todo lo que ÉL necesitaba, y siendo ésta fe probada en fuego, la sirvió para que Job fuera levantado a la postre con más riqueza y una familia, ésta vez sí entregada a Dios.

Puede usted preguntarse, ¿Job se merecía esta calamidad?

Definitivamente viéndolo desde la perspectiva humana, yo le digo que ¡NO! Definitivamente no, no se trataba de hacerle daño a Job.

El Señor, jamás a sus hijos que caminan rectamente en Él buscará hacernos daño y/o castigarnos. Solo Jesús voluntariamente se entregó a sí mismo, tomando nuestros pecados con un propósito; clavarlos en la cruz del calvario.

Había un propósito eterno en ese sacrificio.

 

En Job, había un propósito temporal en cuanto al sufrimiento, pero el propósito eterno, era decirle al enemigo, YO, me glorificaré en la vida de éste hombre, que me está honrando a pesar del dolor.

Aunque Satanás incitó a Dios dos veces, Dos veces Dios se glorificó en Job. Con esto Dios le estaba diciendo al enemigo de nuestras almas, que Él es creador, no destructor como él, (Satanás) y a quien conocemos como Apolión el destructor.

Cuando el hombre se empecina en pecar, simplemente no puede detener la destrucción, y ésta viene como consecuencia de nuestro pecado.

 

Job jamás le atribuyo a Dios ningún despropósito. El solo se limitó a decir: “Desnudo salí, del vientre de mi madre y desnudo volveré allá, Jehová dio y Jehová quitó, sea engrandecido el nombre de Jehová”.

Que Dios le permita al destruidor destruir, no es sino solo consecuencia de nuestros pecados, de no arrepentirnos y volvernos como nación a nuestro DIOS, haciendo a un lado nuestras idolatrías y hechicerías, el robo y todas aquellas transgresiones que hoy nos tienen en ésta situación de sufrimiento.

Vuelve México tu rostro al Señor nuestro Dios

Pastora Martha Valdiviezo

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